Las imágenes de detenciones migratorias en Estados Unidos circulan hoy con una velocidad vertiginosa: operativos de ICE al amanecer, familias separadas, redadas en espacios laborales y comunitarios.
A menudo se presentan como simples acciones de cumplimiento de la ley. Sin embargo, mirarlas solo desde el marco legal reduce el problema. Para entenderlas en profundidad es necesario dar un paso atrás y leerlas como parte de una historia más larga: la historia del estigma racial en Estados Unidos.
El sociólogo Erving Goffman definía el estigma social como un proceso mediante el cual ciertos grupos son marcados como “otros”, como sujetos desacreditados frente a una norma dominante. No se trata solo de prejuicio individual, sino de mecanismos culturales e institucionales que producen diferencia y la convierten en inferioridad.

Para Goffman, históricamente el estigma se ha construido en torno al cuerpo, la religión y la raza. Esta idea permite leer la política migratoria contemporánea no como un fenómeno aislado, sino como parte de una tradición de señalamiento y exclusión.
La figura del migrante latino (particularmente del migrante mexicano) ha sido recurrentemente construida en el imaginario político estadounidense como una «amenaza»: amenaza laboral, cultural, sanitaria o criminal. Esa construcción no surge de la nada; es heredera de siglos de narrativas que asocian diferencia con peligro.
Hoy, esta disputa también se juega en el terreno de la memoria histórica. Las controversias recientes en torno a museos, exposiciones y relatos oficiales sobre la historia estadounidense muestran que la memoria no es neutral.
Cuando se intenta reducir el espacio para hablar de esclavitud, colonialismo o racismo estructural, lo que está en juego no es solo el pasado, sino la forma en que una sociedad entiende su presente.
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Las imágenes históricas son clave en esta lucha. La célebre fotografía de la “espalda flagelada” de un hombre esclavizado en 1863 no es solo un documento del horror: es evidencia visual de un sistema que convirtió la violencia racial en norma.
Como han señalado diversos profesionales de museos e historiadores, retirar o minimizar estas imágenes implica debilitar la capacidad de una sociedad para confrontar su propia historia. Los archivos visuales no son objetos pasivos; son testigos.
Si observamos el pasado estadounidense, encontramos una continuidad inquietante. Tras la abolición de la esclavitud en 1865, la supremacía blanca no desapareció: se reorganizó.
El surgimiento del Ku Klux Klan y otros grupos racistas mostró que la igualdad legal no eliminaba el estigma racial. La violencia extrajudicial, los linchamientos y la segregación fueron formas de control social sostenidas por narrativas de inferioridad racial.
Criminalización de las drogas
En el siglo XX, esta lógica se reconfiguró en nuevas políticas. La criminalización de ciertas drogas bajo la gestión de Harry J. Anslinger al frente del Buró Federal de Narcóticos es un ejemplo revelador.
La asociación de cannabis y cocaína con comunidades afroamericanas y mexicanas no solo fue una estrategia de salud pública: estuvo atravesada por discursos que vinculaban a estos grupos con violencia, degeneración moral y peligro sexual.
La cultura del jazz y otros espacios de expresión afroamericana también fueron vigilados y estigmatizados. La política de drogas funcionó, en parte, como herramienta de control racial.
La frontera sur ofrece otro capítulo poco recordado. A inicios del siglo XX, miles de mexicanos que cruzaban hacia Estados Unidos eran sometidos a “baños de desinfección” con químicos agresivos bajo el argumento de prevenir enfermedades.

Estas prácticas, que incluían fumigaciones con sustancias tóxicas, transmitían un mensaje claro: el cuerpo mexicano era tratado como portador de contaminación.
En 1917, la joven Carmelita Torres encabezó una protesta contra estas medidas en el puente de Santa Fe entre Ciudad Juárez y El Paso. Su resistencia evidencia que la estigmatización siempre ha encontrado respuesta en la dignidad de quienes la padecen.
Mirar estos episodios en conjunto revela un patrón: la producción sistemática del “otro peligroso”. A veces el argumento ha sido la raza, otras la moral, la salud o la legalidad.
El lenguaje cambia, pero la lógica de fondo persiste. El estigma permite justificar políticas que, de otro modo, resultarían inaceptables, por lo que las operaciones de ICE se insertan en esta genealogía.

No se trata de afirmar que toda acción migratoria sea racista por definición, sino de reconocer que las políticas no existen en el vacío. Operan en sociedades atravesadas por historias de desigualdad y por imaginarios que asignan valor distinto a unas vidas sobre otras.
Cuando el discurso político asocia migración con criminalidad de forma reiterada, refuerza un marco de sospecha colectiva
que impacta a comunidades enteras.
Aquí la imagen vuelve a ser central. Las fotografías de detenciones, de muros, de centros de retención, se convierten en archivos del presente. La pregunta es cómo serán leídas en el futuro: ¿como simples registros administrativos o como evidencia de un régimen de exclusión?
La memoria visual tiene un poder particular: puede reproducir estigmas o desmontarlos. Puede convertir al migrante en amenaza o en sujeto de historia. En este sentido, fotógrafos, periodistas y trabajadores de la cultura no solo documentan la realidad; participan en la construcción de su significado.
Pensar las detenciones migratorias desde el estigma social no implica negar la complejidad del fenómeno migratorio, sino ampliarla. Significa reconocer que las leyes y los operativos se apoyan en marcos culturales que determinan quién es visto como legítimo y quién como sospechoso.
Significa entender que la frontera no solo es una línea geográfica, sino un dispositivo simbólico que separa pertenencias. La pregunta de fondo no es únicamente cuántas personas son detenidas o deportadas sino ¿qué narrativas permiten que esas prácticas sean aceptadas socialmente?
Mientras el migrante siga siendo construido como “otro”, el estigma seguirá operando como justificación silenciosa.
La historia demuestra que el estigma cambia de forma, pero rara vez desaparece por sí solo. Se debilita cuando la memoria se mantiene viva y cuando las imágenes se leen críticamente. En tiempos de disputa por la historia, mirar el pasado con honestidad puede ser una forma de intervenir en el presente.







