En Ciudad Juárez, el punk no sólo se escucha, se habita. Vive en foros improvisados, en los patios de viviendas, en las chamarras intervenidas con los parches de las bandas más representativas, pero, sobretodo, en las miradas que desafían la norma.
Una escena que documenta resistencia cotidiana en una frontera marcada por la violencia, la desigualdad y olvido institucional que, lejos del estereotipo del «caos», el punk juarense se sostiene en una comunidad, autogestión y rechazo a las jerarquías.
¿Anarquía?
El punk es anarquía y la anarquía es un orden de las cosas diferentes. Se trata de una forma de organización que apuesta por la horizontalidad y la solidaridad, como respuesta a un sistema que históricamente dejó fuera a quienes no encajan.
La estética punk suele leerse como confrontación, pero detrás de los «picos», los parches y el ruido existe una postura ética: no dominar ni permitir ser dominados. En Ciudad Juárez, esa imagen funciona como un lenguaje visual de rechazo a las imposiciones y las violencias normalizadas.

Sin embargo, la ausencia de jerarquías no implica desorden. El punk se organiza desde el apoyo mutuo, la autogestión y acuerdos colectivos; formas de convivencia que prescinden del control centralizado y apuestan por la responsabilidad compartida como base de una comunidad.
Punk fronterizo
En Ciudad Juárez, las primeras bandas se formaron también bajo la influencia del punk surgido en Estados Unidos y Reino Unido, cautivadas por la energía cruda y caótica de proyectos como: Sex Pistols, Ramones, The Clash, Black Flag, Dead Kennedys, Rancid, Joy Division, entre otras.
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Así como se presentaban en el escenario de la «Asegurada», en el teatro IMSS. Algunas las bandas locales fueron: Anarkia, Misterio, Atrofia, Frida, Zona Muerta, Machin Head Lily, Mary la Aturdida, Némesis, La Danza del Elefante, Expost Facto, por nombrar algunas.
La Xolombia
La Xolombia se trata de una vivienda que funciona como un refugio comunitario, mejor conocido como «Okupa», donde suele llegar personas sin hogar a dormir en el invierno o a resguardarse del calor durante las tardes de verano, sin requisitos ni controles institucionales.
Aunque también es un espacio de convivencia, contracultura y comunidad, donde se realizan bazares, tokines, exposiciones, lecturas, talleres y pláticas, además que ha funcionado como una base de operaciones desde donde se planean protestas.

Ubicado en la calle Colombia Sur #265 de la colonia Partido Romero, este lugar se presenta como un «espacio cultural fronterizo», que busca reivindicar el arte, la lucha política y la resistencia, el cual está abierto a organizaciones y colectivos.
Recorrido por la Xolombia y tokin punk/ Fotos: Alan Arciniega
El lugar cuenta con un patio que funciona como escenario y un pequeño balcón en el segundo piso. La estética responde a lo que se espera de un sitio punk, mientras quienes lo habitan muestran diferencias marcadas, pero que, al final, convergen con la misma afinidad.
Karma 656
Dentro de esta comunidad, Karma 656 irrumpe en la escena juarense desde el rap como una voz incómoda que no pide permiso. Activista y feminista, su presencia en el micrófono está ligada a la calle, a la protesta y a donde la música funciona como denuncia.
La joven participa en colectivas feministas y colabora en «Tejiendo Amor y Ternura», un grupo que realiza acciones solidarias en contra del genocidio que Israel comete en la Franja de Gaza contra el pueblo palestino.

Sin embargo, el activismo no es accesorio de su música sino que forma parte de la misma discursiva, donde las letras no son sutiles ni existen metáforas ni adornos líricos, sólo rimas directas que incomodan y obligan a escuchar.
Sus canciones se narran episodios de violencia policiaca e incluso, hasta la historia de una violación infantil. Sus letras son sinónimo de melodías incómodas, sin filtros ni restricciones, con todo el propósito de causar malestar.

Karma 656 no persigue la redención ni la catarsis personal: su intención es confrontar, golpear a la sociedad donde le duele, en esos puntos que se prefieren ignorar, por lo que la palabra es también un acto de protesta que expone las heridas abiertas.
“Quiero darle un golpe a la gente, a la sociedad y que esto les cause un dolor a dónde nadie voltea”, dice Karma 656
Llegó a la música desde el cruce entre análisis y la experiencia, por lo que suele aparecer en tocadas, en protestas y encuentros, donde el arte es una herramienta de resistencia y no sólo un espectáculo vacío.
En Ciudad Juárez también existe una comunidad que rechaza la autoridad y las jerarquías, pero que se sostiene de redes, de afectos y de memoria compartida, una historia que se intenta documentar en este fotoreportaje para que no se pierda en el olvido.
**CON INFORMACIÓN Y FOTOS DE: ALAN ARCINIEGA**
**TEXTO Y EDICIÓN: ANGÉLICA VILLEGAS**
**EDICIÓN FOTOS: FRANCISCO SERVÍN**







