CONTEXTO: Según el INEGI, Chihuahua es de los estados con mayor cantidad de suicidios en el país.
Es un claro indicador para atender la salud mental y emocional de la población. La ciudad más grande de Chihuahua es Juárez.
¿Cómo no andar deprimido en Juárez? Crecemos en un desierto sin respeto a las personas (vean cómo conduce la gente afuera del Hospital General o escuelas), con obras públicas simuladas, tapan baches que se abren de nuevo, inauguran calles sin banquetas (de nuevo les importan los autos y no las personas), es más, su mayor preocupación por la gente es quitarla para que no estorben a los autos, porque reducir la velocidad como dice la ley sería… muy humano creo.

La idea de los políticos sobre paisaje urbano es ver su nombre en las paredes en una pinta de propaganda. La impunidad parece eterna por la imposibilidad humana de que los ministeriales puedan atender tantos casos. ¿Cómo deciden cuál es prioritario?
PARA ENTENDER MEJOR
Para entender un poco la situación, creo que vale la pena retomar un concepto que tiene más de treinta años de acuñado y que no deja de ser interesante.
Marc Augé, en 1992 escribió los No Lugares, un libro breve y claro que dice que los “lugares” en una sociedad son espacios físicos que generan identidad, promueven la interacción y construyen una historia para la comunidad.
Ahí mismo plantea que hay espacios físicos que no generan identidad, pues la población pasa a ser una categoría etiquetada como usuario o cliente, no hay interacción sino protocolos de atención y la historia es irrelevante; los sitios sólo son un espacio para transitar. A estos espacios se les llama No Lugares.
Un No Lugar sería cualquier franquicia de hamburguesas, un Lugar sería Los Pavos, Burritos Tony o Saul Jr.
Cuando Augé escribía su libro, apenas estaba naciendo Internet. ¿Cómo podríamos catalogar hoy en día a los sitios web? ¿Son relevantes los sitios web o ya toda la gente se mueve en redes sociales? ¿Cuánto dura la vigencia de un mensaje por X, un reel en Instagram o una publicación en Tiktok? Todo pasa y nada queda.
Pero todavía tenemos mucha interacción persona a persona en los sitios que podemos llamar no lugares. Todavía, pues la automatización avanza como los sistemas autocobro.
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El caso es que vamos circulando por el mundo en espacios donde cumplimos un rol, a veces sacrificando la comunidad. No importa con quien hablo, sólo que cumpla con su labor de intercambio.
En el anonimato de los No Lugares, no debería extrañarnos que alguien se deprima.
RESISTIENDO EN LOS NO LUGARES
Comparto un par de situaciones que me hacen pensar sobre los No Lugares y nuestro rol como personas.
Una fue una interacción que tuve precisamente por aquellos años de principios de los noventas del siglo pasado. Estudiaba en la Universidad Veracruzana y mi familia me mandaba dinero por giros postales, pues las transacciones por tarjetas no eran tan comunes en ese entonces.
En la ventanilla de la oficina de telégrafos había una mujer y siempre éramos amables el uno con el otro. ¿Por qué? No lo sé, seguramente así me educaron. Hoy puedo decir que la amabilidad es una postura política en mi vida cotidiana, cosa que sorprende a uno de mis hijos cuando me ha visto comportarme no amable.
Un día, mientras cobraba el dinero del giro, me pasó un papel arrugado, en él decía “mañana entro al hospital”. No supe qué decir, sólo tomé su mano cuando me dio el dinero y le dije que todo saldría bien. Ella asintió con la cabeza mientras sus ojos se humedecían resistiendo la salida de las lágrimas.
Y sí, todo salió bien pues nos seguimos viendo. Con el tiempo regresé a Juárez y el destino me llevó de nuevo a Xalapa, esta vez en un plan laboral. Habían pasado casi diez años desde la última vez que estuve ahí.
Al llegar a CAXA, la central de autobuses, me sentí distinto a la primera vez, en esta ocasión sí sabía hacia dónde tenía que ir, me formé en la línea de los taxis y al llegar, la chofer, porque era una mujer, se bajó y me abrazó.
Era ella, la de la ventanilla que me pasó alguna vez el papel para decirme que la iban a operar. Ahora yo no era un estudiante, era un profesional que hacía un viaje de trabajo para esa ciudad. Nuestras realidades habían cambiado y teníamos la oportunidad de vernos una vez más para comprobar que estábamos bien.
Hoy en la mañana, pasé al Oxxo, no tenía huevos para desayunar. Siempre procuro ser amable con la gente que me atiende. Siento que para rebelarse contra la imposición de no lugares en los negocios es esencial hacer comunidad donde no se debería, así en un Oxxo, me han dado ofertas extrañas como regalarme una papaya, me han abierto otra caja para que pueda pagar, incluso, en pandemia me guardaban un six de cerveza.
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Así, me enteré cuando murió la Chola, que era cajera. También me dio mucho gusto que en más de una ocasión conocí jóvenes que fueron empleados mientras estudiaban y con todo afecto les dije, ojalá algún día no te vea más, porque terminas tu carrera y puedes dedicarte a tu profesión. Y pasó, no los vi más. Uno se hizo enfermero, y se casó con la otra cajera. Otro estudiaba ingeniería y nunca lo vi de nuevo.
En esta ocasión, cuando iba a pagar, vi moqueando a la cajera. Siguiendo mi costumbre, creo que ser amable no sólo implica seguir protocolos de conducta, sino poner atención en las otras personas.
¿Tienes gripa? Pregunté, respondió que no. ¿Alergia? También dijo que no. Hice una pequeña pausa, ¿estás triste? Asintió levemente con la cabeza y lloró. No supe qué hacer. Pensé en tomar su mano como una muestra de apoyo, pero también pensé que sería demasiado y no lo hice. Me pidió una disculpa, le dije que no habría problema y que esperaba que todo se fuera a arreglar.
Le pregunté si había algo que yo pudiera hacer, claro que me dijo que no, ¿por qué un desconocido podría ayudar? Pero bueno, por si acaso. Sé que ella trabaja para pagar sus estudios, así como sé que su compañera es explotada y aún enferma va a trabajar. Le he sugerido a la líder de la tienda que forme un sindicato para que no abusen de su tiempo y a veces hasta de su salud… sólo se ríe y sigue en lo suyo, “¿un sindicato de líderes?” murmuró alguna vez. ¿Por qué no? Contesté.
El punto es que nos imponen una serie de dinámicas donde sólo somos clientes, usuarios, conductores, peatones o dependientes. Dejamos de ser personas y olvidamos que eso nos pone en una posición de riesgo pues dejamos de ser Lupe, Pancho, Albert o Román para convertirnos en Fulano de Tal.
Es verdad que no siempre estamos de humor para sonreír con todo el mundo, también es cierto que vivimos en una ciudad donde el suicidio no es un tema raro, la impunidad tampoco y la violencia menos. Si queremos que las cosas cambien debemos comportarnos de forma diferente.
Podemos procurar construir espacios más amigables desde las calles hasta las tienditas. Para eso sirve ser amable. Claro también debemos señalar, exigir, demandar, protestar y hacerle frente al villano que hoy puede ser un mafioso o la autoridad, pero siempre es mejor hacerlo en bola porque en la soledad, nos ignorarán y manipularán. Por eso, sé amable, nada cuesta y mucho aporta…







