“Érase una vez una ciudad marcada por la violencia, pero también por mujeres que encontraron en el arte una forma de resistir y recordar” sería una frase típica con la que se iniciaría un relato, en este caso relacionado con la participación de las mujeres en la escena del arte urbano de Ciudad Juárez, “la ciudad más peligrosa del mundo” a inicios de este siglo.
Y es que actualmente las mujeres han generado sus propios espacios, sus propias formas colaborativas de intervenir la ciudad, pero la realidad es que este escenario no siempre resultó ser así.
Aunque el Street Art se manifestó inicialmente en esta ciudad fronteriza, como en muchas otras, mediante el marcaje de la ciudad a través de las firmas de algunos crews, así como de los primeros escritores de grafiti, uno de los primeros investigadores que han abordado esta temática ha sido Sergio Recio.
Cierto es que rastrear los orígenes de las mujeres en este escenario no es una tarea sencilla, no por falta de participación, sino porque resulta como siempre cuando se hace historia de las mujeres: la presencia de factores dentro de un sistema patriarcal deriva en una invisibilización de su trabajo y, por qué no decirlo, quizás también en la apropiación de su trabajo por sus pares masculinos.

Y es que las grandes artistas urbanas de nuestra ciudad tienen una historia más allá de ser o haber sido pareja de tal o cual artista reconocido, pues tienen una trayectoria propia que es necesario recuperar y difundir.
Por una parte, su historia y producción artística nos permiten documentar y revalorizar su trabajo, pero también nos permitirá recuperar la resignificación, memoria y representaciones de la realidad que les toca vivir, así como la experiencia diferenciada de vivir el espacio público desde una identidad femenina.
Destacando que las expresiones de arte urbano mediante las cuales las mujeres se han hecho presentes en el espacio público son el grafiti, esténcil, muralismo, paste up, danza y otras actividades performativas, las cuales destacan no solo por aspectos técnicos y estéticos, sino por su fuerza política en un contexto adverso; no solo por la violencia generalizada a partir de la supuesta guerra contra el narcotráfico, sino en un contexto capitalista, machista y multifactorial que, lamentablemente, llevó a Ciudad Juárez a convertirse en el principal escenario para la violencia feminicida.
De tal forma que una de las grandes figuras a referir es, sin duda, nuestra querida Arminé Arjona, aquella poeta que cambió la pluma por el aerosol e intervino el espacio público como escritora del grafiti, con frases cortas pero significativas que han sido retomadas por políticos; ejemplo de ello es la apropiación de la frase “abrazos no balazos”.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR
En este momento es importante destacar la relevancia de las aperturas de escuelas de arte en la ciudad que propiciaron una posterior generación de artistas que, mediante el arte visual o el diseño gráfico, crearon las primeras propuestas.
En este caso, vale la pena hacer referencia a Coral Simón, una de las fundadoras de uno de los colectivos no solo más reconocidos, sino más longevos de Ciudad Juárez: Colectivo Rezizte.
Su nombre quizás no resuena tanto, sobre todo en las nuevas generaciones; sin embargo, estas líneas representan no solo un pequeño reconocimiento a su trayectoria, sino la esperanza de que su nombre no sea olvidado, pues, aunque se retiró del arte urbano para realizar el cuidado de sus hijos, fue una pionera en un mundo dominado mayoritariamente por hombres.
Sin embargo, en la búsqueda de los orígenes y pilares del arte urbano producido por mujeres, es igualmente relevante hacer referencia a la primera experiencia colectiva de artistas urbanas: Colectiva Morada, un grupo de mujeres jóvenes que, principalmente entre 2009 y 2012, manifestaron su resistencia no solo a la violencia que se vivía en la ciudad, sino también a las narrativas que colocaban a las mujeres únicamente como víctimas, como personas que debían resguardarse en el espacio privado.
Con la iniciativa de Thayset y Meylen Pang, así como la paulatina incorporación a Morada por parte de Amanda Magallanes, Pilar Olvera, Erika Carrillo, Belén González, Mariana Cruz y Marlene Acosta, el colectivo no solo pudo realizar intervención del espacio público mediante esténcil, grafiti y muralismo, así como danza africana, sino que también dejaron huellas de la producción artística de las mujeres con la exposición de sus piezas en eventos culturales.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR
También fueron parte importante de los movimientos sociales que luchaban por los derechos de las mujeres y contra la militarización, así como de la elaboración de contranarrativas ante los discursos estigmatizantes imperantes en los medios de comunicación.
Incluso, uno de los esfuerzos más reconocidos en la escena del rap ha sido sin duda la agrupación Batallones Femeninos. La misma Susana Molina, una de sus fundadoras, reconoce en la canción “Represent” lo siguiente: “Oveja negra soy porque nací morada”.
Esto es relevante en varios sentidos, pues, por una parte, reconoce que esta rebeldía femenina en Ciudad Juárez surge en gran medida mediante la aparición de Colectivo Morada, pero también podría hacer referencia a la inspiración que tuvo para retomar una de las frases icónicas que dicha colectividad solía plasmar en los muros de la ciudad: “Batallones femeninos”.
Dicha frase se relaciona con otra de las premisas de este grupo de mujeres: mostrar que el lugar de las mujeres es “en todas partes” y, pues, por qué no decirlo, también podría serlo en el mundo de las armas.
Y es que en la agrupación musical dichas armas fueron las rimas, la cultura, la resistencia y la memoria. Incluso, una integrante del Colectivo Pata de Perro, en una conversación personal, hizo referencia al hecho de que las primeras veces que observó a una mujer intervenir el espacio público o participar en marchas políticas con la cara cubierta fue precisamente a las integrantes de Morada.
Morada fue paulatinamente desintegrándose, principalmente debido a las amenazas y al acoso policial que les tocó enfrentar por su presencia en los movimientos sociales de Ciudad Juárez, aunque también por la modificación de sus historias de vida que implicaron la búsqueda de fuentes de ingresos estables, el cuidado de sus familias y otros factores de índole personal.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR
Esto es importante, pues permite afirmar la relevancia de no solo recordar, sino entender las particularidades que enfrentaron estas jóvenes mujeres.
También muestra parte de la evolución dentro de la escena del arte urbano, dentro de la cual persisten las resistencias y los trabajos por la memoria, pero también la posibilidad de combinar esta faceta profesional con otras actividades remuneradas que permitan continuar vigentes en el arte urbano, pese a las limitaciones que ello implica.
Érase una vez” porque las historias de estas mujeres no deberían permanecer únicamente como parte de un pasado que alguna vez ocurrió en las calles de Ciudad Juárez. Sus nombres, sus trazos, sus frases y sus formas de ocupar el espacio público forman parte también de la historia de esta ciudad.
Recordarlas no significa mirar únicamente hacia atrás; significa reconocer que muchas de las posibilidades que hoy tienen otras mujeres para tomar los muros, las calles y los espacios culturales fueron construidas también por quienes estuvieron antes. Érase una vez, sí, pero la historia todavía se sigue escribiendo.







