¿Cuántas veces hemos sentido que nuestro cuerpo no es suficiente? Para muchas mujeres, la incomodidad no surge frente al espejo, sino de una sociedad que dicta cómo debe verse un cuerpo considerado «bello».
Es una incomodidad lastimosa y (lo peor de todo) recurrente, pero ¿Hasta dónde estarías dispuesta a llegar para cumplir con ese ideal? Esa es la pregunta rodea a La hermanastra fea (The Ugly Stepsister), la ópera prima de la directora noruega Emilie Blichfeldt, basada en el cuento clásico de Cenicienta.

La historia todos la conocemos, la joven que queda huérfana y debe vivir al cuidado de su madrastra malvada junto a sus dos hermanastras. Aunque esta nueva versión dista mucho de la que nos dio Disney: brutal, un horror diferente.
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Aquí la protagonista no es la joven de zapatillas de cristal, es una de sus hermanastras, la «fea», quien a lo largo de la película va concretando acciones para convertirse en el «ideal» de la mujer de la época: nariz y dientes perfectos, figura y modales.
Y es que el horror corporal (body horror) aparece desde los primeros minutos, con escenas que muestran el costo de la belleza: una rinoplastia sin anestesia, corsés que deforman el cuerpo y métodos extremos para adelgazar que convierten el dolor femenino en una práctica aceptada.
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Lea Myren interpreta a Elvira, la joven que intenta cambiar su destino para conquistar al príncipe; ella es quien sostiene el peso emocional de la historia con un personaje que transita entre la inseguridad, la esperanza y la desesperación, nos muestra el dolor sin convertirla en la víctima idealizada.
El reparto se completa con Thea Sofie Loch Næss como Agnes, la versión de Cenicienta en esta reinterpretación, y Ane Dahl Torp como Rebekka, la madrastra, quien convierte la belleza en una competencia donde el futuro de sus hijas depende de conquistar al príncipe.
El cambio de protagonista convierte el cuento en una experiencia visualmente incómoda, cruda y despiadada, pero profundamente humana. Es una versión que recopila la visión oscuridad de los relatos de los Hermanos Grimm.
El final ya lo sabemos. Sin embargo, esta película deja un vacío en el estómago, una congoja catártica que plantea una pregunta más: ¿Quién es el verdadero monstruo? la joven que intenta encajar o la sociedad que le exige transformarse para ser aceptada.







