Un choque lateral dejó a dos hermanas con dificultades para caminar y a una de ellas prácticamente confinada en casa. En la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, investigadores buscan en la naturaleza formas de mejorar las estructuras de protección de los vehículos y reducir las lesiones de sus ocupantes.
Eran aproximadamente las cinco y media de la mañana de aquel verano de 2009. Las hermanas Guadalupe Moreno y Margarita se dirigían a la maquiladora Ethicon, de Johnson & Johnson, ubicada sobre el bulevar Talamás Camandari, donde ambas trabajaban como operadoras de producción.
Compartir el trayecto era parte de su rutina. Guadalupe vivía en Infonavit Solidaridad y Margarita en Paseos del Alba, también en el suroriente de Ciudad Juárez y ambas se turnaban los vehículos para llegar al trabajo: unas veces iban en el automóvil de Guadalupe; otras, Margarita pasaba por ella. Esa mañana había sido el turno de la Blazer azul.
“Era una camioneta muy bonita, maciza, no estaba chocada ni nada, estaba en muy buen estado”, recuerda Guadalupe.
Circulaban de norte a sur y se aproximaban al cruce de la Avenida de Las Torres, cuando otro vehículo apareció por una calle lateral.
Todo ocurrió en segundos. Guadalupe recibió la parte más fuerte del impacto. Intentó abrir su puerta, pero no pudo. “Mi puerta estaba sumida”. Margarita quedó prácticamente inmovilizada.
Del vehículo que las embistió bajó un joven que viajaba como copiloto. Se acercó a la camioneta de las hermanas Moreno y, pese a los graves daños que había dejado el impacto, les preguntó si estaban bien.
“Como todo pasó en un momentito, uno no se da cuenta del alcance. No nos vimos sangre ni nada, así que le dijimos que sí”.
El hombre y la mujer que viajaban en el otro vehículo se marcharon de inmediato.
La Blazer quedó cerca de la banqueta. Tenía la carrocería achatada y habían vidrios esparcidos alrededor, pero, vista desde el otro lado de la vialidad, su posición podía hacerla parecer simplemente estacionada. Cerca quedó la defensa del otro automóvil, desprendida por el encontronazo.
Según recuerda Guadalupe, no hubo una llamada a emergencias ni a la Policía Vial; tampoco se presentó una denuncia.
A esa hora, miles de trabajadores se dirigían hacia las maquiladoras del suroriente de Ciudad Juárez. Los vehículos seguían pasando. Nadie se detenía. Nadie sabía que, dentro de aquella camioneta, dos mujeres lesionadas esperaban ayuda.
“¿Cómo iban a saber que estábamos accidentadas si no se veía nada del lado por donde pasaban los carros? La camioneta quedó como estacionada”.
Guadalupe calcula que permanecieron ahí alrededor de una hora y media. Ninguna llevaba teléfono celular para comunicarse con sus familiares.
La ayuda comenzó a llegar cuando un camión de transporte de personal pasó por el lugar. Entre los pasajeros viajaban compañeros de trabajo que reconocieron la camioneta de Margarita y dieron aviso del accidente a la empresa. Desde ahí se comunicaron con la familia.
Posteriormente, una mujer acudió a auxiliarlas y las trasladó al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), adonde llegaron después de las siete de la mañana.
Guadalupe recuerda que, en aquel momento, no consideraron necesario solicitar una ambulancia de la Cruz Roja, pues aparentemente ninguna presentaba lesiones de gravedad.
El accidente había terminado sobre el pavimento, pero sus consecuencias apenas comenzaban.
Con el tiempo, las dos hermanas empezaron a experimentar problemas para caminar.
Margarita, aunque no recibió directamente el impacto lateral, quedó con serias limitaciones de movilidad.
En tanto, Guadalupe comenzó a sentir un intenso dolor entre la cadera y la ingle. Apoyar la pierna derecha se convirtió en un tormento, señala.
“Sentía como muchas astillas. No podía apoyar porque sentía que se me encajaba algo, era horrible”.
Según su testimonio, en el Seguro Social le realizaron radiografías y fue enviada a valoración ortopédica, pero durante un tiempo no se encontró la causa de sus dolores.
Continuó trabajando.
“Yo chuequee y chuequee. Era algo horrible que no me dejaba ni dormir, me movía en la cama y me lastimaba”.
Durante aproximadamente dos años, relata, alternó el trabajo con consultas médicas, incapacidades y medicamentos para controlar el dolor, hasta que finalmente fue sometida a una cirugía.
Guadalupe sostiene que después de aquella intervención sus problemas continuaron y que la posición en la que quedó su pierna modificó su manera de caminar.
Por cuenta propia buscó una segunda valoración en un hospital privado.
“Me mandaron otra vez a sacar radiografías y salió que traía la cabeza del fémur ya deteriorada. Y por eso mi dolor, no podía ni caminar”.
Con el paso de los años, explica, la alteración de su marcha terminó afectando también la otra cadera.
“Por tanto chuequear me acabé la cadera izquierda. Se me desgastó el otro lado del fémur y me lo tuvieron que reemplazar también”.
Su vida laboral también cambió.
A los 52 años, Guadalupe dejó de trabajar y de contribuir al sostenimiento de su hogar, donde vivía con sus tres hijos, para depender de una pensión por discapacidad. Margarita atravesó el mismo cambio a los 47 años.
Las dos habían salido aquella madrugada rumbo al trabajo y las dos regresaron con una vida distinta.
Han transcurrido 17 años desde aquella madrugada. Guadalupe conserva recuerdos del trayecto, del impacto y de las horas posteriores, aunque reconoce que algunos detalles se han desdibujado con el tiempo.
Su testimonio permite reconstruir parte de lo ocurrido, aun cuando ciertos episodios permanecen fuera del alcance de su memoria.
Recuperar su historia es también mirar de frente una realidad que se repite cada madrugada en esta frontera, donde miles de personas recorren las calles de Ciudad Juárez rumbo a sus trabajos, expuestas a siniestros viales capaces de transformar sus vidas en segundos.
La mañana que les cambió la vida
En 2025, Ciudad Juárez registró 6,314 siniestros viales, un promedio de 17 diarios. El 94.5 por ciento correspondió a choques, según la Radiografía Socioeconómica del Municipio de Juárez, publicada por el Instituto Municipal de Investigación y Planeación (IMIP).
Al 25 de agosto de 2026, la Coordinación General de Seguridad Vial reportaba 4,145 siniestros acumulados. Tan solo durante el primer semestre de ese año se contabilizaron 3,170 hechos viales, con un saldo de 1,118 personas lesionadas y 33 fallecidas.
Algunos, sin embargo, presentan complicaciones que dificultan el rescate de sus ocupantes y hacen necesaria la intervención de los bomberos.
De acuerdo con Jorge Ignacio Puentes Hernández, comandante del Heroico Cuerpo de Bomberos de Ciudad Juárez, la corporación participa en aproximadamente el 7 por ciento de los accidentes vehiculares registrados, en algunos casos con herramientas hidráulicas de rescate conocidas como “pinzas de la vida”, utilizadas para liberar a personas atrapadas entre las estructuras deformadas de los automóviles.
Cuando los fierros se convierten en una trampa
Guadalupe y Margarita Moreno vivieron una de las situaciones más difíciles que pueden presentarse durante un accidente vehicular: quedar atrapadas dentro de una camioneta cuya carrocería se deformó por la fuerza de un impacto lateral.
Las puertas quedaron trabadas y la camioneta, deformada por el golpe, se convirtió en una trampa de metal de la que no podían salir por sus propios medios.
En accidentes como este, liberar a los ocupantes puede convertirse en una operación compleja. Cada movimiento importa, especialmente cuando las estructuras del vehículo presionan el cuerpo de quienes permanecen atrapados.
Puentes Hernández conoce de cerca estas escenas. Con más de 30 años de experiencia, ha participado en rescates donde es necesario utilizar herramientas especiales para abrirse paso entre el metal y liberar a las víctimas.
“Los laterales son impactos que dejan presionadas a las personas dentro de los fierros retorcidos”, explica el experimentado rescatista. “A diferencia de una colisión frontal, donde la deformación del tablero y de la estructura delantera pueden atrapar las piernas de los ocupantes”.
Puentes Hernández señala que una de las estructuras involucradas (en un choque lateral), es el poste que separa las puertas delantera y trasera, conocido como pilar central.
“Ese poste es muy fuerte, pero al recibir el impacto, las puertas prensan a las personas contra la consola central del vehículo. Esto es lo más común que atendemos nosotros”.
La descripción permite comprender mejor lo que enfrentaron las hermanas Moreno aquella madrugada de 2009, cuando permanecieron atrapadas en la camioneta después de una colisión en el costado donde viajaba Guadalupe.
El comandante recuerda que los bomberos han participado en rescates de personas con vida, atendiendo hemorragias y estabilizando a los lesionados mientras llega una ambulancia. Pero no siempre consiguen encontrarlas con vida.

Después de tres décadas atendiendo emergencias, Puentes Hernández ha observado cómo han cambiado los materiales y las estructuras de los automóviles.
Explica que algunos vehículos incorporan zonas diseñadas para deformarse y absorber parte de la energía de una colisión. Sin embargo, reconoce que la magnitud del impacto puede superar la protección que ofrecen sus estructuras.
“Depende del peso, depende de la velocidad y contra qué se impacten también los vehículos. Eso marca mucho la diferencia”.
Aunque los automóviles modernos cuentan con cinturones de seguridad y bolsas de aire, el comandante advierte que estos dispositivos no eliminan todos los riesgos.
“Sí funciona el cinturón, pero vamos a ver la magnitud del impacto. El cinturón no va a dejar que la persona se mueva de la posición donde se encuentra y los órganos internos también reciben los efectos del golpe”, explica.
Mientras los bomberos trabajan para liberar a quienes quedan atrapados entre los fierros retorcidos, en los laboratorios de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), un grupo de investigadores busca cómo reducir las consecuencias de esos impactos.
Su trabajo comienza mucho antes de que ocurra un accidente y parte de una pregunta que también deja la historia de Guadalupe y Margarita Moreno: ¿qué sucede entre el instante en que un vehículo golpea una puerta y el momento en que la fuerza del impacto alcanza el cuerpo de una persona?
La respuesta comienza en un campo de la ingeniería conocido como crashworthiness: la capacidad de una estructura vehicular para gestionar la energía de una colisión y preservar el espacio de protección de sus ocupantes.
La ciencia aplicada para salvar vidas
En la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, tres investigadores estudian cómo responden las estructuras ante un impacto y qué puede modificarse en ellas para proteger a las personas.
El Dr. Quirino Estrada Barbosa, profesor investigador del campus UACJ-Cuauhtémoc, coordinador del Programa de Ingeniería en Diseño y Automatización Agrícola, además de liderar el proyecto, acumula alrededor de 16 años de trabajo en este campo, mientras que los doctores Elva Lilia Reynoso Jardón y Manuel de Jesús Nandayapa Alfaro, del Departamento de Ingeniería Industrial y Manufactura del Instituto de Ingeniería y Tecnología (IIT-UACJ), trabajan en esta línea desde hace aproximadamente ocho años.
Quirino Estrada sitúa el problema en el control de cargas dinámicas.
Explica que, durante un choque, las estructuras reciben fuerzas de impacto y deben absorber y disipar energía mediante su deformación.
“Entonces, el objetivo de esta investigación es poder diseñar estructuras que soporten las cargas de impacto, pero que también nos ayuden a absorber la energía para que los pasajeros sufran el mínimo de lesiones y así poder evitar accidentes graves y fatalidades”.
Lo secunda la Dra. Elva Lilia Reynoso Jardón:
“En determinadas partes de un automóvil, una estructura que se deforma no necesariamente ha fallado; esa deformación puede formar parte de la protección”.

Un ejemplo es la deformación de los largueros del chasis frontal, ya que son vigas estructurales diseñadas para colapsar de forma controlada durante una colisión, absorbiendo la mayor cantidad de energía cinética (energía en movimiento) antes de que llegue al habitáculo.
“Una analogía sencilla sería una envoltura de un paquete con un objeto frágil, hablemos de una pieza de cristal: el material que lo rodea se aplasta durante un golpe y absorbe parte de la energía y no rompe el objeto de cristal. En el automóvil, algunas piezas cumplen una función parecida, mientras otras deben mantener el espacio donde están los pasajeros”, menciona la investigadora.
Medir lo que recibe el cuerpo
Estudiar lo que sucede con el metal es solo una parte del problema. La otra es comprender cómo responde el cuerpo humano durante una colisión, explica el Dr. Quirino Estrada Barbosa.
Para conocer los efectos de un choque frontal, lateral o trasero en los ocupantes de un vehículo, los investigadores recurren a maniquíes antropomórficos, conocidos como dummies. Estos dispositivos cuentan con sensores que registran las fuerzas y aceleraciones que experimentan distintas partes del cuerpo, como el pecho, la cabeza y el cuello.
La información obtenida permite estudiar los posibles riesgos de lesiones y orientar mejoras en el diseño de los vehículos.
Pero ¿qué sucede cuando se busca estudiar una región específica del cuerpo?
El Dr. Estrada desarrolló un modelo mecánico simplificado de un maniquí que reproduce los movimientos de la cabeza y el cuello, dos regiones vulnerables durante una colisión.
Su propuesta permite analizar cómo se mueve el cuello ante impactos frontales y traseros, así como predecir posibles lesiones cervicales, sin necesidad de realizar pruebas experimentales con maniquíes de cuerpo completo.
Sin embargo, el investigador advierte que uno de los principales desafíos consiste en lograr que estos modelos reproduzcan con suficiente fidelidad los movimientos y las respuestas del cuerpo humano, incluidas sus articulaciones.
“Entonces es muy importante que se haga un buen estudio para que la respuesta que nosotros tengamos al hacer el experimento a través de este maniquí, pues sea lo más cercano a la realidad”.
La pregunta dentro de una puerta
La Dra. Elva Lilia Reynoso Jardón recuerda otro accidente que orientó el trabajo hacia la protección lateral. Un amigo suyo estaba próximo a llegar a casa cuando una camioneta impactó el pequeño vehículo que conducía justamente en el área de la puerta. Según su relato, sufrió lesiones en el cuello.
El accidente abrió una nueva pregunta: ¿qué podía modificarse dentro de una puerta para enfrentar mejor una colisión lateral?

El problema es especialmente complejo, porque existe relativamente poco espacio entre la parte exterior de la puerta y el cuerpo de quien viaja junto a ella.
En busca de posibles soluciones, los investigadores encontraron inspiración en la naturaleza.
El Dr. Quirino Estrada Barbosa señala que los caparazones de las tortugas, las corazas de los armadillos y los tallos de las plantas poseen estructuras que pueden servir como referencia para desarrollar nuevos diseños mecánicos.
“Hablamos de bioinspiración, lo cual consiste en estudiar esas configuraciones y explorar cómo aplicar algunos de sus principios a soluciones de ingeniería”.
En los trabajos que describe Reynoso, esa búsqueda tomó dos referencias concretas: el camarón y la caña de azúcar.
Un camarón como inspiración
La configuración segmentada del camarón ofrece una de esas referencias.
“El camarón tiene una especie de unión. Digamos que su estructura, todo el cuerpo, se une como por capitas”, explica Reynoso.
A partir de esa configuración segmentada, los investigadores estudiaron estructuras tubulares con geometrías inspiradas en esa disposición.

Mediante simulaciones por computadora, los investigadores evaluaron cómo se comportaban distintas estructuras tubulares inspiradas en la cola del camarón al someterlas a flexión.
En las condiciones analizadas, los diseños bioinspirados mostraron un mejor desempeño que los tubos circulares convencionales y a partir de esos resultados, propusieron un diseño de barra de protección para puertas de automóviles.
“El propósito es estudiar si esa organización geométrica puede mejorar la manera en que una estructura absorbe la energía de un impacto”, agrega la investigadora.
Ante una colisión lateral, las estructuras propuestas buscan deformarse de manera controlada y absorber una mayor cantidad de energía antes de que sus efectos alcancen al ocupante.
La caña de azúcar
La otra fuente de inspiración fue una planta mucho más cotidiana: la caña de azúcar.
Al observar su estructura, los investigadores encontraron otra configuración que podía servir como referencia.
“La caña de azúcar tiene estructuras tipo filamento, y en la vista del corte transversal se observan pequeños tubos u orificios”, describe el Dr. Manuel de Jesús Nandayapa Alfaro.
El equipo estudió distintas muestras y realizó pruebas para conocer su comportamiento mecánico. Posteriormente, algunas de esas características fueron trasladadas a geometrías que podían estudiarse mediante simulación.
Para conocer la estructura interna de la caña de azúcar, los investigadores primero la dejaron secar. Después, utilizaron un microscopio electrónico de barrido, un equipo capaz de obtener imágenes de detalles tan pequeños que no pueden observarse a simple vista.
Las fotografías permitieron examinar su estructura a escalas de 50, 100 y 200 micrómetros, una unidad de medida equivalente a la milésima parte de un milímetro, como se muestra en la imagen de arriba.
“A partir de lo que observamos, diseñamos estructuras geométricas similares como pentágonos, hexágonos y octágonos. También modificamos sus espesores y longitudes para estudiar su comportamiento”, explica Nandayapa Alfaro.
“Además, se analizaron configuraciones cilíndricas y poligonales para observar cómo respondían cuando se les aplicaba una fuerza”, secunda la Dra. Reynoso.
Para el estudio se utilizó aluminio, que fue sometido a distintas fuerzas mediante simulaciones por computadora. Estas fuerzas se aplicaron en puntos específicos de las estructuras para analizar cómo respondía el material.
Para quienes deseen profundizar en esta investigación, los resultados se encuentran documentados en un artículo científico publicado en Journal of Physics: Conference Series, disponible aquí.
El objetivo volvía a ser el mismo: conseguir que la estructura fuera la encargada de deformarse y absorber una mayor parte de la energía en los laterales de los vehículos (puertas).
Por ahora, estas investigaciones se desarrollan mediante simulaciones por computadora, sin necesidad de fabricar prototipos físicos.
El Dr. Manuel de Jesús Nandayapa Alfaro explica que este procedimiento permite evaluar diferentes diseños, anticipar su comportamiento y reducir los costos de experimentación.
Sin embargo, ¿cómo saber si estas estructuras funcionarían en la realidad?, se le insiste.
“Una simulación de un fenómeno que no se acerque a la vida real no sirve de mucho para cuestiones de diseño”, responde el investigador.
Y agrega que sus modelos se contrastan con conocimientos científicos y resultados previamente comprobados, lo que permite evaluar su confiabilidad.
Aunque las estructuras inspiradas en el camarón y la caña de azúcar todavía no han sido sometidas a pruebas físicas, los investigadores consideran la posibilidad de fabricarlas desde la etapa de diseño.
Los avances han sido difundidos en publicaciones científicas, congresos y capítulos de libros. No obstante, para llegar a una aplicación en vehículos todavía se requiere fabricar prototipos, realizar experimentos y comprobar su desempeño bajo condiciones controladas.

Para quienes deseen profundizar en esta línea de investigación, pueden consultar el artículo científico Efecto de la sección transversal sobre la absorción de energía y el comportamiento a flexión de tubos curvados, disponible aquí.
En este estudio, los investigadores compararon mediante simulaciones tubos de aluminio con distintas formas para analizar cómo su geometría influye en la absorción de energía y su resistencia a la flexión. Los resultados aportan conocimientos que podrían contribuir al diseño de estructuras capaces de responder mejor ante determinados impactos.
La investigación para mejorar la seguridad vehicular también ha cruzado fronteras. El Dr. Quirino Estrada Barbosa, con más de 16 años de experiencia en este campo, ha intercambiado conocimientos con científicos de Polonia sobre estructuras que buscan reducir las consecuencias de los impactos. En 2025 participó nuevamente en encuentros científicos en ese país. Conoce más aquí.
Pero llevar estos avances más allá de los laboratorios también requiere del interés de la industria.
“Esperaríamos que nos voltearan a ver para que nosotros pudiéramos aplicarlo a la industria”, expresa la Dra. Elva Lilia Reynoso Jardón.
“La industria sería uno de los actores más beneficiados y a los que debería interesar los estudios que realizamos”.
Porque detrás de las ecuaciones, las simulaciones computacionales y las estructuras deformadas, existe una razón que trasciende cualquier avance científico: proteger la vida humana.
“Si tú tienes un ser querido que atraviesa por un accidente vehicular, lo más importante es que sobreviva”, refiere la investigadora de la UACJ.
Después de más de tres décadas atendiendo emergencias, el comandante Jorge Ignacio Puentes Hernández sabe que detrás de los fierros retorcidos de un automóvil puede haber una persona cuya vida cambie para siempre.
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Por eso considera importante impulsar investigaciones que permitan desarrollar vehículos más seguros. Al conocer el trabajo de los investigadores de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, reconoce el valor de buscar estructuras y materiales resistentes y ligeros, capaces de absorber energía durante una colisión y ofrecer mayor protección a sus ocupantes sin incrementar innecesariamente el peso del vehículo.
“Porque el precio de un automotor no se compara con el valor de la vida humana, mucho menos cuando hay familias de por medio. Yo creo que en seguridad no se gasta, se invierte”.
Para Guadalupe Moreno, palabras como crashworthiness, absorción de energía, deformación controlada o bioinspiración no formaban parte de su vocabulario aquella madrugada. Entre sus recuerdos está el intento de abrir la puerta de la camioneta y descubrir que estaba atrapada.
Después llegaron los dolores, las consultas médicas, las cirugías, el bastón y una vida que tuvo que reorganizar alrededor de sus limitaciones físicas.
Para Margarita, las restricciones fueron todavía mayores.
“Mi hermana ya no hace nada. Puro andador. Ella no camina sola, siempre le tienen que hacer las cosas”.
Guadalupe conserva cierta independencia; puede conducir distancias cortas porque, explica, tiene movilidad suficiente en el pie para manejar.
“En la casa todavía hago algunas cosas, barro, trapeo, lavo trastes, pero evito agacharme demasiado».
Cada una de esas faenas convive con el dolor y con el recuerdo de lo que antes podía hacer sin esfuerzo.
Al preguntarle qué ha significado vivir así, intenta responder:
“Es algo espantoso, traumante. Yo tenía mi vida hecha, yo trabajaba, yo solventaba mi casa, mis hijos y, de un momento a otro, pasé a ser una persona con discapacidad”.
Llora.
“Es algo feo porque le cambian a uno la vida. Yo todavía estoy muy limitada. Imagínese para mi hermana, que ella puede hacer menos que yo, porque yo al menos camino; chueca, con dolor, con bastón, pero camino. Ella no”.
Lo que más extraña de su vida antes del accidente es también lo que le cuesta expresar sin volver a llorar:
“Simplemente caminar bien, porque es cuando uno les da importancia a las partes de su cuerpo. Qué hermoso es poder caminar”.
Desde esa experiencia, Guadalupe escucha hablar del trabajo de los investigadores. La posibilidad de diseñar estructuras que absorban mejor la energía de una colisión adquiere para ella un sentido cercano: que otras personas puedan seguir caminando, trabajando y sosteniendo a sus familias después de un choque.
“Sería algo extraordinario para que a muchas personas no les pase lo mismo que a nosotras, y que ojalá apoyaran esa idea tan buena de los investigadores”.
Su deseo es que algún día estos avances puedan beneficiar a otras personas, aunque todavía quedan pruebas y trabajo por hacer antes de que puedan aplicarse en vehículos.
En su propia vida, entretanto, salir de casa todavía requiere esfuerzo y el ánimo de alguien que siempre la acompaña, su hija Edith Guadalupe Acosta Moreno.
«Mi hija es la que me da muchos ánimos porque, si ella me suelta, yo no salgo de mi casa para nada».
Edith insiste:
«Ándale, mamá, ándale; píntate el cabello; ponte bonita…».
Guadalupe vuelve a llorar. Las palabras de su hija la animan a retomar, dentro de sus posibilidades, una vida que el accidente cambió.
Pero Edith también lleva consigo las consecuencias de otro siniestro vial. Después de ver a su madre y a su tía sobrevivir con secuelas, perdió a su hermano Ernesto Carlos Acosta Moreno, de 27 años.
Era la noche del 4 de abril de 2013. Según cuenta Edith, su hermano se dirigía a trabajar cuando perdió el control del automóvil en el cruce de la avenida De las Torres y Juan Pablo II. Viajaba a exceso de velocidad y sin cinturón de seguridad. El vehículo dio varias vueltas y él salió expulsado. El siniestro le costó la vida.
El dolor por lo ocurrido con su madre y la muerte de su hermano la llevaron a buscar una manera de contribuir a que otras familias no atravesaran lo mismo.
«Me nació entrar a Seguridad Vial, antes Tránsito, al Departamento de Educación Vial», relata.
Desde hace ocho años pertenece a la corporación y siempre ha trabajado en esa área. Participa en cursos de manejo defensivo para empresas, cursos básicos para quienes aprenden a conducir y pláticas en escuelas, desde preescolar hasta universidad.
«Para mí es tan importante crear conciencia de que conducir un carro conlleva una gran responsabilidad porque está de por medio su vida y la de terceras personas».
Esa responsabilidad acompaña su trabajo. Con su madre, el aliento toma la forma de una invitación a salir, arreglarse y seguir participando en la vida cotidiana. Guadalupe encuentra en esas palabras una razón para intentarlo de nuevo.
“Qué hermoso es poder caminar”: las palabras de Guadalupe Moreno
Margarita prefirió no compartir su testimonio para este reportaje. Guadalupe habla desde sus propios recuerdos y desde el dolor de ver también limitada la movilidad de su hermana.
Sabe lo que está en juego cuando los investigadores hablan de mejorar la protección de los vehículos: poder abrir una puerta, salir por cuenta propia, caminar.
Aquella madrugada, una puerta se hundió. Dentro viajaban ella y Margarita.
El choque duró apenas unos segundos.
Sus consecuencias todavía no terminan.
**Esta información es una publicación original de Ser Visible que compartimos con su consentimiento y que puedes consultar aquí**















